¡Qué sacrilegio! Esta no es forma de recibirte. Si no fuese por esos, levemente perceptibles, hilos de luz que se asoman a través de la persiana diría que, en tu manera de presentarte, has hecho que el día cierre sus ojos al dolor de tu melodía. De todas formas algo me dice que amanece. ¡Que más da! mi mente no lo creerá por un buen rato aún.
¿Qué le diremos al mundo esta vez? Por supuesto que sería absurdo revelar nuestro papel de amantes, mucho mas balbucear siquiera nuestros viajes en el tiempo, nuestras miradas contemporáneamente cruzadas, destruidas por el regreso de las agujas a su origen inamovible y descorazonado. ¿Qué sería de mí sin ti en esas noches ocupadas por el lamento de soledades evitables? ¿Qué sería de mí sin ti, mi querido Sebastián?
Hoy, que solo puedo hablar de ella, de la inexistente, la olvidada por el misterio y milagro de los encuentros, es que comprendo el paso del tiempo. Cada mirada se cruza, tarde o temprano, en un mismo pliegue, en el silencio de paredes tan confidentes como fieles a sus rajaduras. Tal vez sea por el tiempo, ese enemigo en común que nos une, aunque también es posible que no sea por nada en absoluto. Lo único importante ahora es que, tanto ellas como yo, jamás revelaremos secretos, jamás revelaremos nada de nada.
El humo se mezcla con el humo y mi respiración se debilita con cada pitada. Ya no es el asqueroso vicio de encender el cigarrillo lo que consume mi vida, sino el móvil que me lleva hasta él. Humo que recuerda el olvido, humo con humo me recuerda que aun recuerdo algo. Algo buscaba, todo comenzó en algún momento. El éter gris lo revelará, solo debo esperar, solo debo... no lo sé muy bien, este sonido comienza a lastimar mi ego y no consigo pensar con claridad. ¿Por qué será que los amantes intentan herirnos de tanto en tanto?
¿Cómo no lo pensé antes? Claro, fui instruido para volar. Si mal no recuerdo era algo así como recostarme y... y volar. Lástima que hoy solo descubra humedad y sin colores en aquel lugar ayer habitado por estrellas y soles de días felices. Creo poder lograrlo, aunque no consigo vislumbrar muy bien el sentido de todo eso. Tal vez podría buscar colores en otros mundos, en otras vidas, en otros tiempos. Solo sé que comienzo a elevarme con rumbo incierto, vagando en manos del destino una vez mas, esperando nada, buscando nada, sintiendo nada.
Reconozco estas calles. La 32, el libro perdido de mis desamores adolescentes; la 24, donde comencé a reír luego de percatarme que estaba perdido a cuadra y media de mi casa; la esquina y el quiosco donde por primera vez me vi a mi mismo como un nadie varado en el mundo.
Es extraño, solo una mirada parece reconocerme. Por un momento creí que me miraba, debo estar comenzando a enloquecer, nunca la había visto en mi vida. ¿Qué tan bella es? ¿Podría acaso dibujar en mis cuadernos letras de alegría? No lo sé, no logro reconocer su silueta, sus ojos, su pelo, sus manos. Es como si la viera sin verla, como si lo supiese todo sin saber nada, a la espera de un despertar amnésico y vulgar.
El gris húmedo reconquista mi visión, el colchón retoma sus juegos de hacerse pasar por pino o roble y mi conciencia regresa a su estado natural, a ese en que enciende un cigarrillo y ríe a carcajadas del oportuno delirio.
Creo que esta es una forma ideal de comenzar el día. La luz es ahora imposible de ignorar y la ausencia de esos pequeños productores de humo dentro de su paquete terminan por desvelarme.
Bien, es momento de ver que sucede allá afuera. ¿Habrá dragones esperando por su almuerzo? ¿Será el sol quien cocine lentamente mi carne antes de ser devorada? ¿Será real aquella silueta desconocida que forma ahora una página en mis anhelos? Maldición, es necesario salir de este lugar para saberlo, ¡Por qué no puede haber otra manera!
Solo espero que esta sea la última vez, los últimos pasos en esta estación de sin sentidos y lujurias bajo fianza. No solo una, cinco han sido las veces que he transitado la desdicha de estos condenados y templados días de sol y nubes de tormenta. Demasiado tiempo bajo un cielo que no ha aprendido a modificar su llanto, bajo el brazo de un Dios que no acepta sobornos.
Siempre es igual, los amigos regresan, los amores renacen, los desconocidos se conocen y la verdad siempre tan ausente. Maldita sea esta hipócrita primavera, malditos sean los idiotas que la abrazan esperando novedades del destino, esperanzados y absurdos. Esta condena trimestral nunca acabará. Si solo pudiese tocar, mover, desarmar algo; si pudiese sentir una caricia siquiera. Aquí vamos de nuevo, a una nueva primavera, a una nueva caminata en el anonimato.
El sol brilla una vez más luego de la tormenta, como siempre. Mi habitación renueva sus aires y depura sus vicios, como siempre. Mis suplicas se aquietan y la esperanza me espera en el mismo estante de siempre, a sabiendas de que vendré por ella en solo tres meses. Ahora solo resta encender el último cigarrillo, reservado especialmente para este momento, y animar el primer paso dentro de esa prisión de sol y alucinaciones, darle fin a esas melodías de amantes atemporales que invaden mis secretos y comenzar.
La primera pitada... ya es primavera.
